Cuatro esquinas es un lienzo de 1971, una etapa de madurez en la trayectoria de José Guerrero, caracterizada por la afirmación de un lenguaje pictórico propio en el que el color y la estructura adquieren un protagonismo absoluto. El artista consolida el “sistema Guerrero” y comienza a conceder gran importancia a los bordes y a las zonas donde unos colores coexisten con otros, zonas de transición entre campos cromáticos que se convierten en elementos fundamentales de la pintura.
La obra se organiza como un espacio dinámico, articulado desde sus límites, en el que el color no solo construye la imagen, sino que genera una vibración interna que activa toda la superficie del lienzo. Guerrero concibe este cuadro como un campo de energía contenido, en el que la pintura parece expandirse y contraerse en alusión directa al título: cuatro masas de pintura negra anclan los ángulos del lienzo, tensando la composición desde sus extremos. En torno a ellas, un marco de amarillo intenso —vibrante, casi eléctrico— rodea un campo blanco y luminoso en cuyo centro una forma gris desciende en espiral hasta resolverse, de manera inesperada, en un pequeño trazo rojo. Ese gesto mínimo, casi una herida o una llama, concentra toda la energía de la imagen: es el punto donde la tensión acumulada en los cuatro costados del cuadro encuentra su descarga.
Sempere adquiere este lienzo en el contexto de la exposición individual de Guerrero en la Galería Juana de Aizpuru de Sevilla en 1976, o mediante intercambio directo con el artista. Lo cierto es que viajó directamente a Alicante en octubre de 1977 junto con la obra de Fernando Zóbel que se guarda en la colección.
Esta obra pertenece a un momento concreto del devenir plástico de la obra de Guerrero. Se trata de un período en el que el artista consolida lo que cabe llamar "sistema Guerrero". Es entonces cuando comienza a concederle gran importancia a los bordes, a las fronteras, a las zonas en que unos colores coexisten con otros. Es entonces cuando se percata definitivamente de que más que la acción propiamente dicha -que todavía la va a haber-, lo que interesa es que el color fluya, que la pintura respire, que el cuadro sea como un ring de boxeo, tensado por los cuatro costados, vibrante, luminoso, cargado de energía. (Bonet, Guerrero, 1994, p. 35).
En el aspecto físico y técnico de sus obras, Guerrero se enfrenta al lienzo de una manera muy concreta, preparando las telas: "Yo preparo las telas desde muy joven. He llegado a coger telas de sábana, las he clavado, las he dado una mano de cola. A mí me enseñaron los artesanos de Granada que decían: "Tú coges cola de conejo, le echas una gota de miel, lo pones al baño maría y cuando esté a punto, como hacen los confiteros, cuando se te queda la bolita pegada es que ya la puedes usar, porque si no se te resquebraja. Yo no he pintado casi nunca en lienzos comerciales. Me gusta que tenga una cierta corporeidad la tela". Guerrero no ataca el lienzo directamente en contra de lo que pueda pensarse al observar su pintura: "yo preparo bocetos. Me paso los veranos haciendo bocetos y los utilizo siempre para meterme con el lienzo, menos en la época expresionista, en los primeros años de Nueva York, que era una pintura más espontánea, de gesto, de ver lo que pasa ¿no?, pero ahora es más importante saber lo que quiero hacer o tener una idea de lo que quiero hacer. Así cuando me pongo delante de la tela ya tengo una primera idea y suelo coger un carboncillo y hacer unos trazos nada más y empiezo con las manchas de color que, al final, no suelen tener nada que ver con el boceto, el boceto lo tengo delante para no perderme, y, sobre todo, para no salirme de mi línea, para seguir sosteniéndome y en el momento que meto el primer color, ya es una batalla, eso ya no para. En cuanto a la utilización del color y su aplicación Guerrero mantiene con las gamas de color una relación especial: "El negro es un color de tragedia, pero para mí tiene algo de familiar, ya te dije que hemos estado vestidos de negro toda la vida, mi padre murió cuando tenía cuarenta y dos años y hasta los noventa y tres no se ha quitado el luto, el negro para mí, quizá es el color de los colores. El amarillo es el campo, los trigales. El blanco es Andalucía sin más. El deslumbramiento de una pared encalada". "Comienzo aplicando el color de una manera muy líquida. A veces chorrea. Lo disuelvo con esencia de trementina, luego, para terminarlo, uso una técnica que parece que usan los barrocos, bueno, esto es una tontería, y que consiste en un poco de aceite, barniz, dammar y esencia de trementina, pero vamos, a veces ni lo uso, sólo cuando una cosa rechupa demasiado". (conversaciones con Guerrero, p. 145-146)